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Cómo desarrollar nuestra Autoestima

Cuando somos niños necesitamos de la opinión de nuestros padres (o de aquellos que desempeñan ese papel) para sentirnos confirmados en el mundo, aceptados y “normales”, tanto frente a los otros, como ante nosotros mismos. Conforme vamos creciendo, la opinión de otras personas acerca de nuestras ideas y actitudes también se vuelve importante, al fin y al cabo somos seres sociales.
En esa relación entre nuestro mundo interno y el mundo externo es donde desarrollamos nuestra auto-imagen. Lo esperado es que gradualmente esa imagen pueda ser chequeada con la propia evaluación de nuestros potenciales y de nuestros límites, a partir de una percepción más asertiva y cuidadosa de nuestras verdades.

La auto-estima es un proceso dinámico que comienza en la infancia y continúa vivo durante toda la vida. Es base significativa de toda nuestra estructura emocional, por eso es tan importante entender y tratar esta cuestión. 

Durante nuestro desarrollo aprendemos a relacionarnos afectivamente con el ejemplo de las relaciones que vivenciamos durante nuestra vida. Sabemos que tenemos un poco de nuestros padres y de las figuras afectivas que nos han acompañado en nuestra infancia y que estos serán por mucho tiempo nuestros modelos y nuestras referencias. La familia es nuestro primer grupo social y nos proporciona los parámetros que necesitamos para relacionarnos socialmente. Construimos con esas vivencias nuestro blasón personal, entreverado de mitos y verdades sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Nuestro auto-valor se forma a lo largo del tiempo, desde muy temprano, mediante la confirmación – o no – de nuestras actitudes, comportamiento, deseos y elecciones que hacemos.

Durante nuestra infancia necesitamos ser confirmados o, podríamos decir mejor, “alimentados”, por el amor incondicional, recibido generalmente de nuestros padres. De este modo abrimos espacio a la seguridad interna, a la confianza en nosotros mismos y por consiguiente a la autonomía e independencia. Para ello la calidad de la relación afectiva establecida con nuestros padres hace gran diferencia, desempeñando papel fundamental en la confianza que tenemos en ese ‘feedback’.

El amor incondicional trae consigo la aceptación del otro y de su ‘conjunto completo’, con todos sus “defectos” y “cualidades”, pero el límite entre aceptación plena y permisividad se vuelve tenue y muchas veces de difícil comprensión. Por poner un ejemplo, vamos a imaginar a algunos padres que, en el difícil ejercicio de educar, se equivocan por el exceso, ofrecen todo sin pedir nada a cambio, no enseñan el adviento de la gratitud. Como resultado pueden dar origen a pequeños tiranos, críos egocéntricos y prepotentes que fatalmente habrán de sufrir para comprender que el mundo es mayor que la extensión de su casa. Otra equivocación común en la comprensión del amor incondicional es la ausencia de límites. Algunos padres simplemente no consiguen establecer límites, muchas veces por miedo a frustrar al crío y con eso perder su amor; de este modo dan a la criatura una idea equivocada de que todo le es posible y todo le está permitido. Lo que desconocen muchos es que el límite utilizado como parámetro y no como simple cercenamiento, es extremadamente importante para el desarrollo de la noción de respeto, pues tiene papel esencial para ayudar al niño a percibir sus características propias, sus dificultades, su potencial, su existencia y la existencia del otro.

Durante la adolescencia la confirmación aún se busca fuera de uno mismo, en el amigo, en los grupos, en los “iguales”; es la edad de los ídolos, de las modas y de las conversaciones trascendentes. Cada persona vivencia esa fase a su manera, variando conforme su historia de vida y su personalidad.

De este modo vamos aprendiendo nuestra importancia para el mundo y descubriendo nuestro valor personal. Algunas veces ese proceso no ocurre como era esperado, surgiendo entonces críos, adolescentes y adultos inseguros, insatisfechos y muchas veces rencorosos, con mayor o menor estima por sí mismos y por los demás.

Una de las maneras de reparar la “baja” autoestima es buscar, mediante el proceso de profundización, el auto-conocimiento (psicoterapia), desarrollar una mirada distinta sobre ti mismo, muchas veces una primera mirada positiva sin prejuicios, en un proceso de revelación de tus características; aprendiendo a hacerlas trabajar a tu favor, descubriendo de este modo quien realmente somos, cuales son los deseos, miedos, necesidades, potenciales, en fin, tu singularidad.

Mirando las cualidades y defectos que posees y aprendiendo a aceptarlos, estarás aceptando el ‘conjunto completo’ acercándote más a lo humano, revisando tu autocrítica y perdonándote por ser genuinamente imperfecto.

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com
Por: Shirley R. S. Bittu 


Direitos Autorais deste texto – Dra. Sirley Santos Bittu.
O texto está registrado de acordo com a lei de Direitos autorais.

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