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Mimar a tus hijos: ¿Un acto de amor?

La mayoría de las veces, la simple perspectiva de generar un hijo ya colma a los futuros padres de alegría y amor. Esos padres pasan a cultivar la idea de ser los proveedores y guardianes de este pequeño ser. Para aquellos que deciden invertir en esa empresa, es difícil imaginar a alguien que no piense en seguida en cubrir al futuro heredero de agrados y de mimos, intentando satisfacer todos sus deseos. Muchas veces se trata del primer hijo que había sido muy esperado y deseado, o el primer niño, o la primera niña, o incluso aquel hijo varón llegado inesperadamente que viene a quitar a la familia de cierta acomodación ya existente. De cualquier forma el comportamiento más común es intentar ofrecer al pequeño todo aquello que está al alcance (y algunas veces incluso lo que no está), para verlo feliz.

Cada vez que iniciamos el desarrollo de un nuevo papel social, nos remitimos a nuestras memorias, a los modelos que hemos tenido y a nuestras evaluaciones y juicios sobre esos comportamientos y actitudes.
Nuestro papel de padres está naturalmente formado por esos modelos, percepciones y creencias de lo que es acertado o erróneo y de lo que consideramos hubiera sido mejor para nosotros. Intentamos siempre evolucionar en la tentativa de superar los “errores” que nuestros padres cometieron.

Con la necesidad de trabajar todo el día, los padres son obligados a dejar a sus pequeños tesoros con niñeras, en jardines de infancia o guarderías, provocando culpa – muchas veces inconsciente – y la consiguiente necesidad de recompensar a sus hijos.

La inexperiencia en educar, natural en todo “padre de primer viaje” y las inseguridades que surgen en el desempeño de un papel tan nuevo y tan lleno de responsabilidad, son apenas algunos más de los innumerables factores que interfieren en la manera como los padres estén demostrando todo ese amor a sus hijos.

De aquí podemos tener una idea de cómo surge el “mimar” en las familias. Entendemos “mimar” a los hijos como ofrecer todo amor, sin medida, protegiéndolos, cubriéndolos de cuidados y de agrados.

El problema está verdaderamente en qué es lo que se entiende por amor. Amar también es frustrar, es ofrecer al otro la posibilidad de que se dé cuenta de que tiene límites. Es precisamente esa noción de ayuda para desarrollar la percepción de individualidad y singularidad. Cuando se descubre lo que está fuera de uno mismo y lo que no está bajo nuestro control, nos damos cuenta de quiénes somos y, más adelante en nuestro desarrollo, de hasta dónde podemos llegar.
Desenvolvemos a partir de ahí la noción de respeto.

Una criatura mimada, en realidad es alguien que se siente muy “amado”, tan amado, que pasa a creer que el otro no cuenta y que tan sólo sus deseos deben ser realizados. Se vuelve egocéntrica, pues refleja lo que ha vivido siempre en su vida, y tiende a ver la realidad desde esa perspectiva.

La sensación de ser muy amado, siempre positiva en el desarrollo humano, se torna cuestionable por la propia criatura, pues recibir mucho sin tener que retribuir nada, trae consigo la sensación de no ser real, de no ser verdadero. Sabemos intuitivamente que en las relaciones reales existe siempre un intercambio.

La cuestión central no es amar demasiado, sino aprender que la frustración forma parte de nuestras vidas y del amor, y sirve para fortalecernos. Si no vivenciamos la frustración, no conseguimos comprender cuáles son nuestros límites y por ello no tenemos la posibilidad de superarlos. Por consiguiente, tampoco conocemos el límite de los demás y, por lo tanto, tenemos más dificultad para respetarlos.

Quien ama frustra, coloca límites y da parámetros. 

Entonces, mimar a los hijos puede ser un acto de amor si incluimos en ese conjunto de actitudes algunos parámetros, como nociones de individualidad, respeto a si mismo y al otro, responsabilidad personal, moral, social y ética. Los parámetros ayudan a dar sentido y realidad a aquellos a quienes cuidamos, preparándoles para vivir y relacionarse.


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com 
Por: Sirley R. S. Bittu


Direitos Autorais deste texto – Dra. Sirley Santos Bittu.
O texto está registrado de acordo com a lei de Direitos autorais.

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