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¿Cómo Educar en los días de hoy?

Educar es un tema corriente en consultorios de psicología. La necesidad de poner límites es siempre muy cuestionada, tanto por los hijos como entre los nuevos y dedicados padres. Muchas personas han vivido en su propia educación la experiencia de duros límites, constituidos de normas y prohibiciones. La autoridad se mezclaba con el autoritarismo, la sabiduría de la madurez era confundida con la verdad absoluta. Se exigía del niño, del adolescente e incluso de los adultos, total sumisión y resignación; ser un niño bueno era sinónimo de cumplir las normas, jamás ser espontáneo y nunca crear o cuestionar algo; la libertad de expresar sus ideas y puntos de vista se confundía con enfrentamiento y falta de respeto a los mayores.


Está claro que ese modelo de educación ha traído muchos problemas y ha dado como resultado muchos adultos inseguros e incluso rebeldes. En este cuadro surge una postura defendida por los psicólogos y estudiosos del comportamiento humano que tal vez no haya sido suficientemente entendida. La propuesta era posibilitar la libre expresión de los potenciales y de la espontaneidad infantil, como hasta hoy los defendemos. Respetar al niño en los deseos y necesidades esperadas para su edad, por ejemplo, la curiosidad ante lo nuevo, la inagotable energía de vida, su necesidad de jugar para comprender el mundo, etc... No obstante, algunos padres han confundido esa propuesta con la total permisividad, la educación del todo se puede, perdiendo la comprensión de la palabra ‘no’, de los límites y del respeto.


Nacemos totalmente espontáneos y creativos y con el transcurso del desarrollo a través de la educación aprendemos cómo servirnos de nuestros potenciales adecuadamente, o sea, respetando las normas para vivir socialmente. Es también en este proceso donde aprendemos a creer o no en esos potenciales. Nuestras actitudes y comportamientos son evaluados todo el tiempo, y confirmados o no, por las personas con quienes nos relacionamos, y principalmente por nuestros padres. De esta aprobación surge la sensación de seguridad interna que todos poseemos en mayor o menor cantidad, y también nuestra autoestima. Está claro que para los padres no es una tarea fácil, pues implica tener una noción clara de lo que se tiene por adecuado, lo cual depende de su madurez emocional.


Hace 40 años cuestionar una orden paterna, por más absurda que fuese, era prácticamente un delito, punible a todas luces con diversas formas de agresión, tanto físicas como emocionales. Hoy día el cuestionamiento ya comienza a ser entendido como algo positivo, pues al traer interrogantes nuevos a cuestiones antiguas se aumentan las posibilidades de crear y se descubren nuevas formas de existir. El conocimiento deja de ser percibido como una conserva cultural y pasa a ser mirado como algo dinámico y en constante transformación y renovación.


Pero ¿cómo ofrecer libertad sin convertir a la sociedad en un caos?
Introduciendo las nociones de responsabilidad y respeto. Cuando hablamos de libertad, hablamos de respeto al otro y de respeto a sí mismo; caso contrario estaremos hablando de invasión y de falta de respeto. Para convivir en sociedad necesitamos algo que nos auxilie a lidiar con las diferencias entre las personas, sus particularidades en su forma de existir y de entender el mundo, pues a pesar de que somos todos humanos, y similares en nuestras necesidades, la forma de expresar nuestros deseos difiere de uno a otro, pues tiene relación con el grado de madurez de cada cual.


Es como si todos nosotros llevásemos gafas relacionales, donde las lentes son forjadas durante el aprendizaje emocional, por creencias, valores y puntos de vista. Esto se explica debido a que tenemos potenciales innatos que son influenciados por el medio social en el cual nos desenvolvemos. Esta delicada alquimia es la responsable por los diferentes tipos de personas en que nos convertimos. Por tanto, para vivir socialmente necesitamos de algunos parámetros, que se traducen en las nociones de ética, ciudadanía, gratitud y sentido moral. Así, cuando pensamos en educar, hemos de comprobar dentro de nosotros cuál es nuestra postura respecto de esto y cómo ejercitamos esos parámetros en las relaciones que desenvolvemos.


La educación constituye básicamente aquello que decimos, confrontado con lo que hacemos. O sea, si predicamos el respeto mutuo y la honestidad, pero en el día-a-día valoramos al listillo, aquel que siempre se sale bien, estamos siendo incoherentes y ciertamente esa incoherencia formará parte de nuestro rol de enseñanzas, bien de forma consciente o bien inconsciente.


El catalizador necesario al proceso de educación es el amor. Éste genera la seguridad interna, la confianza y la respetabilidad, ingredientes indispensables para que pueda establecerse la relación de intimidad necesaria en un proceso de educación. Educar conlleva intimidad, y tú enseñas algo tan sólo si el otro te lo autoriza, con esa autorización que se da mediante la confianza que nace en las relaciones en que el amor y la amistad son las palabras de orden.


Muchos padres se refieren frecuentemente a las dificultades para establecer límites, confundidos entre cercenar demasiado o no lo suficiente. Esta dificultad nace de una forma de entender el amor muchas veces equivocada, en que se confunden límites con abandono y desamor, y por consiguiente amar se convierte en sinónimo de total permisividad, donde la antítesis del nada se puede pasa a ser el se puede todo.


Poner límites es enseñar que existe la frustración, que pese a ser desagradable forma parte del mundo real, en vivo y en colores. El límite nos ayuda a percibir quiénes somos, el respeto nos enseña que tenemos límites y aumenta nuestra conciencia personal, y la responsabilidad nos enseña que todo tiene su precio, pues estamos siempre en relaciones de intercambio, cosechando aquello que hemos sembrado. Ofreciendo amor ciertamente cosecharemos alegría y felicidad. Para ejercer el papel de educador, hemos de reevaluar la comprensión del no, para que esta importante palabra no se transforme en una especie de tiranía y sí en una forma de protección, ejercicio del amor y respeto a quien amamos.

 

Por: Sirley R. S. Bittu

Traducción : Teresa


Direitos Autorais deste texto – Dra. Sirley Santos Bittu.
O texto está registrado de acordo com a lei de Direitos autorais.

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